Lunes, 11 de diciembre de 2017

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20/08/2013

LEER ESPAÑA

LEER ESPAÑA  parte de una idea que me ha acompañado durante mucho tiempo y que nadie ha sabido resumir mejor que Isaiah Berlin en su ensayo sobre Turgueniev y la novela Padres e hijos:

“Si la vida interior, las ideas, la situación moral de los hombres sirven para algo al explicar el curso de la historia humana, entonces las novelas de Turgueniev, especialmente Padres e hijos , aparte de sus valores literarios, son documentos para entender el pasado ruso y nuestro presente, tan básicos como las obras de Aristófanes para la comprensión de la Atenas clásica, las cartas de Cicerón para entender Roma, o las novelas de Dickens y de George Eliot para conocer la Inglaterra victoriana.”

  Por supuesto, no debemos confundir la literatura con la historia ni las novelas con la realidad.  Pero dicho esto, hay que añadir  que la buena literatura es un camino extraordinario y amable hacia el conocimiento de cualquier época, un camino paralelo y, a menudo, convergente, al de la Historia a secas. Por ejemplo, si alguien me preguntara cómo era la España de la Restauración, le diría que leyera la novela de Leopoldo Alas “Clarín”, La Regenta, en la que desfila toda la sociedad española de aquella época y se describen  sus puntos negros: la doble moral de la clase triunfadora, la agobiante asfixia de las emociones femeninas, la mediocridad e injusticia del orden establecido, la ambición de la  Iglesia, los abusos caciquiles, el anticlericalismo proletario...

 En ocasiones, la relación entre literatura e historia se da con la inmediatez de la actualidad, convirtiéndose la primera en el espejo instantáneo y convulso de lo que apenas  tiene ayer. Es el caso, por ejemplo, de Tempestades de acero, deErnst Jünger, escrita desde el fragor de los combates de la Primera Guerra Mundial, desde los hospitales y trincheras que serían la tumba de cientos de miles de soldados. También es el caso de  El corazón de las tinieblas,  la sobrecogedora novela africana de Josep Conrad, contemporánea de las barbaries cometidas en el Congo por los representantes de Leopoldo II de Bélgica. 

   Otras veces, la historia  parece admitir la buena literatura gracias, solamente, a la perspectiva. La guerra de Independencia de Estados Unidos tuvo que esperar a Herman Melville y su novela Israel Potter, donde se rinde homenaje a las gentes de a pie que hicieron posible el nacimiento de los Estados Unidos sin haber recibido compensación por ello.  Víctor Hugo  escribió Noventa y tres, la mejor novela de la Revolución francesa, después de toda una vida de lenta digestión; y Tolstoi la monumental epopeya de la invasión napoleónica de Rusia, más de medio siglo después del hundimiento de la Grande Armèe en la fría estepa rusa. 

  Hoy suele darse por supuesto que lo literario es la ficción, lo cual reduce a materiales secundarios otras formas de la escritura que sin embargo pueden alcanzar una fuerza superior a la de cualquier novela. Pienso en las Conversaciones con Goethe, de J. P. Eckermann, cuyas páginas completan la imagen de uno de los mayores genios de la modernidad y nos asoman a la Alemania del Romanticismo. Pienso en la Historia de la Revolución francesa  del apasionado Michelet o en las monumentales y sugestivas Memorias del duque de Saint - Simon, testigo directo de los últimos años del reinado de Luis XIV y del gran cambio del período de la Regencia. Pienso en las Historias de Heródoto, en cuyos relatos de reyes y guerras remotas  adivinamos a los viajeros del Islam medieval, como Ibn Battuta o el gran  Ibn Jaldún.  

  La historia de España, tan tumultuosa y rica en episodios, ha producido creaciones literarias de su tiempo y evocaciones de otros; ficciones que restituyen al pasado su dimensión humana, libros testimoniales que concentran en su interior el perfume de una época y sugerentes obras históricas que resucitan el ayer con el pulso narrativo de una novela. Historias como la escrita por Polibio, cronista  de las guerras púnicas, o Reinhart P. Dozy, cuya obra de gran calidad literaria nos sumerge en las mil y una noches de la España musulmana. Recuerdos como los del capitán Alonso de Contreras, que nos trasladan a un Mediterráneo infestado de corsarios, o el duque de  Saint- Simon, embajador francés en la corte de Felipe V. Artículos y crónicas que conservan toda la poesía frágil de las viejas polaroids, como los escritos por Mariano José de Larra y Mesonero Romanos en los años de la revolución liberal. Y libros de viajes que nos ofrecen el recuerdo preciso de una ciudad, una calle, un paisaje.  Novelas  como espejos que discurren en el camino, al estilo de Benito Pérez Galdós, Pío Baroja, Ramón Pérez de Ayala o Rafael Chirbes. Y reconstrucciones históricas como El hereje de Miguel Delibes, El siglo de las luces de Alejo Carpentier, El último rostro de Álvaro Mutis, o La verdad sobre el caso Savolta de Eduardo Mendoza, capaces de fijar en nuestra retina las hogueras de la Inquisición, el torbellino de la Revolución Francesa, los últimos días de Simón Bolívar  o el ruido y la furia de la Barcelona anarquista.  

  A estos autores y  a muchos más he recurrido en  LEER ESPAÑA  para colorear la crónica biográfica de nuestro país, para pintar un cuadro completo de España a través de los siglos. Edificado sobre un mural de voces que abarca todas las épocas, desde la Antigüedad a nuestros días, éste es un libro de Historia y también de historias, un cruce de géneros narrativos y un apasionante relato de España. Como los libros de prólogos de Borges,  LEER ESPAÑAguarda entre sus páginas una biblioteca personal que la memoria ha formado a lo largo del tiempo, una biblioteca hecha de textos que  reviven el pasado y lo hacen  presente  de una manera que sólo sería posible mediante la máquina del tiempo de H.G. Wells.

   De la Antigüedad, donde Roma y Cartago se disputan el dominio de la Península Ibérica o Pompeyo es vilmente asesinado por los sicarios del último faraón, al medievo, donde suena la llamada a la oración de los almuecines, campea la peste con su manto de muertos y los mercenarios aguerridos descubren que Dios y Alá son las dos caras de una misma divinidad. Del horror y la gloria de las conquistas de América a los sueños del conde-duque de Olivares  o el giro versallesco de los Borbones, señores de unos palacios preñados de intrigas. De la Revolución francesa y la invasión napoleónica a las guerras de emancipación suramericanas. De la cándida ensoñación progresista de las Cortes de Cádiz y el desaliento y oscuridad de las guerras carlistas a la Revolución de 1868 y la siesta de la Restauración. De los deseos reformistas de una clase intelectual que habría de ser el espejo y detonante de la crisis de la monarquía de Alfonso XIII y la convulsa Segunda República a la guerra civil de 1936 y la dictadura franquista. De la muerte de Franco, la transición democrática y el miedo hobbesiano creado en el País Vasco por la barbarie etarra a los juegos Olímpicos de Barcelona y el ceniciento resplandor de una sociedad donde las ideologías están tan fuera de lugar y época como la pipa o el sombrero de copa, y donde el dinero sucio y sus depredadores se han aposentado con la fuerza de un dios.

  Por todos estos escenarios y otros muchos más se adentra el lector de LEER ESPAÑA . Primero, acompañado por  un relato puramente  histórico. Después, por los   pasajes literarios de un sinfín de escritores que nos hacen la historia de España más cercana y emocionante. A través de su voz nos encontramos cara a cara no sólo con los seres que habitaron nuestro territorio, hombres y mujeres anónimos, sus vidas, amores, gestas y penalidades, sino también con las grandes figuras de todos los tiempos, sean Escipión el Africano o Carlos V, Averroes o Carlos de Anjou, Napoleón o Simón Bolívar. A  nuestros antepasados anónimos  aprendemos a verlos  como a seres de carne y hueso, y no como  a inmóviles figuras de cera. A los  grandes personajes de la historia conseguimos bajarlos de su pedestal  y los miramos como a seres humanos, evitando  esa visión contra la que protestó Manuel Mújica Laínez en sus comienzos literarios, esa imagen que nos muestra a los próceres  siempre erguidos, siempre ataviados con galas de fuste, siempre ocupados en cosas de gobierno, grandilocuentes, con la mano autoritaria a la altura del pecho, como si juraran decir la verdad. Porque además de levantar las ruinas entre el polvo y recubrir los viejos huesos de carne y pasiones, la buena literatura también ayuda a desmitificar el pasado, tanto el reciente como el lejano.

Todos los sueños son un solo sueño. Todos los siglos son un solo instante y su naufragio. Todos los nombres son el mismo nombre: Hispania, Toledo, Al Andalus, Sefarad, América, España... mosaico de términos que  proyecta en la Historia de España un perfil de quimera y otro de sombra, un esplendor de voces y pueblos y otro de silencio y ceniza.

  En España hay una historia de intolerancia y de sangre, una historia de exilios y de llanto, diciéndose y escribiéndose para siempre, diciéndose y escribiéndose entre el humo de las hogueras y la bruma de los presidios. En España late un pasado doliente y desengañado que ha arrancado parte de sus raíces y que ha obligado a muchos españoles a vivir transterrados, sobremuriéndose.  Una historia como una larga herida.

  Pero no es menos verdad que contagio, préstamo, mosaico, mestizaje... son palabras que sirven para describir  otro perfil de la misma historia. Aquel que le hizo llegar modos de vida y alimentos, dioses y lenguas, el mismo que sus poetas nos han confiado en su cántico universal de amor a la tierra, a Dios y al hombre, roto en el verso el olvido del tiempo y seca  la mala hierba de la intolerancia. Por su voz existen nostalgias, ciudades, usos, palabras y costumbres que son manantiales de culturas, a veces enterrados pero todavía vivos. En su voz palpita una España múltiple y diversa, rica en la variedad de su mirada. Dejemos que Marcial, San Isidoro de Sevilla, Moseh Ibn Ezra de Granada, Ibn Arabi de Murcia, Alfonso X, San Juan de la Cruz, el Inca Garcilaso... relaten su pasado, hecho de razas, culturas y religiones diversas.  Después de todo, siempre llega un día en que el nombre de tal o cual dictador, de tal o cual rey, de tal o cual inquisidor termina deshaciéndose,  invadido por la ruina polvorienta de los siglos. Y mientras los nombres de éstos se convierten en cenizas de olvido, conservados no como un pensamiento, no como un hombre, sino tan solo como una fecha muerta e inútil,  el aliento de aquellos se une al aliento de cientos de lectores y en sus márgenes quedan iluminaciones de Tartesos, Cartago, Hispania, Toledo, Al Andalus, Espanna, Sefarad, América, España...

El goce cuya esencia es durar un instante, su melancolía, que respira en el canto de Moseh Ibn Ezra, late también en el sevillano Manuel Machado, que si en 1936, en Burgos, evoca la imagen mestiza de Andalucía...

Cádiz, salada claridad... Granada,

agua oculta que llora.

Romana y mora, Córdoba callada.

Málaga cantaora.

Almería dorada...

Plateado Jaén... Huelva: la orilla

de las tres carabelas

Y Sevilla.

 en 1899, en París, escribe unos versos que bien pudiera haber escrito el poeta hispanohebreo nueve siglos atrás:

Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron

–soy de la raza mora, vieja amiga del Sol –

que todo lo ganaron y todo lo perdieron.

Tengo el alma de nardo del árabe español.

Mi voluntad se ha muerto una noche de luna

en que era muy hermoso no pensar ni querer...

Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna...

De cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer.”

 

1492 señala un tiempo de intolerancia, pero también el año en que Colón descubre en el Atlántico otro perfil hispano: América. Hacia el nuevo mundo se exportan todos los males de la península – intolerancia religiosa, ansia de botín... – pero tras las carabelas y los conquistadores navegan también la lengua, la imprenta, las universidades, y la cultura peninsular, pasada por el tamiz árabe y semita. Una nueva sociedad, heredera de la tradición peninsular, el mestizaje, nace en el siglo XVI de la épica colonizadora, inmortalizada en la vida y la obra del Inca Garcilaso, el conquistador conquistado, y tiempo después en la plaza de las Tres Culturas de ciudad de México.

Pablo Neruda, trovador y quijote de América, bucearía con su intuición poética en la Historia para recoger en el fondo de su océano restos de odiseas y batallas y regresar con ellos al sol de su siglo.

 

Porque el siniestro día del mar termina un día,

y la mano nocturna corta uno a uno sus dedos

hasta no ser, hasta que el hombre nace

y el capitán descubre dentro de sí el acero

y la América sube su burbuja

y la costa levanta su pálido arrecife

sucio de aurora, turbio de nacimiento

hasta que de la nave sale un grito y se ahoga

y otro grito y el alba que nace de la espuma

 

La comunidad lingüística en español no será obra ni de los clérigos, que siempre emplearon las lenguas nativas para evangelizar a los indios, ni de los conquistadores, que ni siquiera soñaron con ello, sino de los propios americanos, quienes acabarían haciendo suya la vieja lengua imperial al declinar el siglo XIX. El idioma de Cervantes halló entonces un eco definitivo en América, moldeando así una casa común para los transterrados de una y otra orilla del Atlántico. De modo que cuando, después de la guerra civil, el historiador y político Claudio Sánchez Albornoz llegue a tierras americanas con las raíces destrozadas al viento podrá ver cómo al cabo de los años se vivifiquen, renazcan, crezcan y por encima del mar vuelen a encontrarse con aquellas partidas que habían quedado en España, estableciéndose una nueva corriente de distancias detenidas. Y viceversa... que, en los años setenta,  cuando el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti  llegue  a España con la desolación expuesta al viento, convencido de que lo había perdido todo, de que sólo había cosas que dejaba atrás, recupere el aire y el sol de la palabra y regrese “a escribir con ganas”.

 

 

Dice un  adagio latino que el fin corona la obra: finis coronat opus Sin embargo, el lector   de LEER ESPAÑA sabrá bien que no es exactamente así en este caso. Lo que va a leer quiere ser sólo introducción o impulso para que él mismo busque esos autores y esas obras que se citan aquí y  reúna en su biblioteca privada la gran novela de España de la que este libro sólo es un esbozo. Que esa biblioteca, personal, placentera, rica, salga de   LEER ESPAÑA, o que este libro inspire otras más amplia, nutrida con más autores y títulos, sería, entonces sí, más que una corona. Y ello, porque siempre he pensado que un país, cualquier país, necesita de historias comunes, historias que podamos leer o contarnos en el calor de los hogares. También, porque creo que es la riqueza de esas historias  la que da cuenta del verdadero valor de las naciones, no la opulencia de sus mercaderes ni la política cultural de escaparate, especializada en costosos montajes, a mayor gloria del político de turno .¡Y tenemos tantas historias que contarnos, y hay tantas voces que  nos cuentan esas historias! Historias que nos alimenten como los Episodios nacionales de Galdós alimentaron al poeta Luis Cernuda, de niño, mozo y hombre:

  “Su amigo, ¿desde cuando lo fuiste?

¿Tenías once, diez años al descubrir sus libros?

Niño eras cuando un día

En el estante de los libros paternos

Hallaste aquéllos. Abriste uno

Y las estampas tu atención fijaron;

Las páginas a leer comenzaste

Curioso de la historia así ilustrada.   

 

Y cruzaste el umbral de un mundo mágico,

la otra realidad que está tras ésta:

Gabriel, Inés, Amaranta,

Soledad, Salvador, Genara,

Con tantos personajes creados para siempre

Por su genio generoso y poderoso,

Que otra España componen,

Entraron en tu vida

Para no salir de ella ya sino contigo.”



[1] García de Cortázar , F.: Leer España. Editorial Planeta, Barcelona 2010, 542 pgs.

 

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