Sábado, 20 de diciembre de 2014

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14/08/2013

Nación e identidad en España desde la transición.

SEBASTIAN BALFOUR. London School Economics.
Is an English historian and Professor Emeritus of Contemporary Spanish Studies at the London School of Economics.

Nación e identidad en España desde la transición

Abstract

 

Nation and identity have become contentious issues in Spain since the transition. Yet it is largely a crisis among political elites. For the vast majority of Spanish people nation and identity are not problems. They consider themselves Spanish to one degree or another, including most Basques and Catalans. That is, they are enriched by dual or multiple identities. Recent literature on nation in Spain adopts a mainly modernist perspective, that is, nation is a political claim not an organic entity. Thus Spanish nationalism emerged at the beginning of the 19th century while sub-state nationalist movements emerged towards the end of the century, linked above all to the uneven process of modernisation, which produced tensions and asymmetries between centre and periphery. The process in Spain was not fundamentally different to that in many parts of Europe but it had some peculiarities. Two distinct models of sub-state nationalism emerged: Basque nationalism as reaction against modernisation and Catalan nationalism as an affirmation of modernity against relative failure of the Spanish state to carry out political and cultural modernisation. So at the turn of the century no single historical narrative or identity monopolised nationalist discourse. The strength of distinct collective memories, languages and cultures led to a ‘draw’ in identity stakes between Spanish and regional identities. The two dictatorships sought to destroy this duality by imposing a single identity and in doing so it contaminated Spanish nationalism with totalitarian meanings and made the expression of difference all the more intense within the new democracy. The strength of sub-state nationalism and neo-regionalism in democratic Spain is also due in part to the territorial model of the 1978 Constitution, itself a product of a fragile balance of power, which gave rise to a dynamic of competitive not cooperative quasi federalism based on comparative grievance. The autonomous institutions do not function simply as transmission belts for norms and roles constructed at national level following the principle of subsidiarity. The institutional dynamic generated by the creation of the autonomies led to an accumulation of resources and levers of control over resources and the dissemination of meanings, identities, myths and symbols, consolidated through regional administration and public-private networks intelligentsias, the effect of which is the strengthening of regional identities and the  progressive hollowing-out of state. There is also a democratic deficit in the architecture of the state. The devolution of powers was not accompanied by a corresponding federal redistribution of power. The autonomous governments play no formal role in decision-making at national level. Thus Spain is a ménage à trois – state, historic communities, regions. Proposed solutions to the supposed crisis vary from separatism to further decentralization. Self-determination requires a constitutional and a majority consensus that neither the Basque Country nor Catalonia are likely to achieve. While the gap between the historic regions and Spain may grow, a counter-dynamic of globalisation fuelled by social mobility, immigration and universal consumerism may replace shared sovereignty with shared citizenship.

 

Los conceptos de nación e identidad nacional se han convertido en los últimos años en uno de los temas más polémicos en la concurrencia entre los partidos políticos en España. En realidad es un tema que afecta a muchos países. La configuración de nación-estado en diferentes partes de Europa cambia a un ritmo cada vez más vertiginoso bajo los efectos de la globalización y de la reconfiguración de la geopolítica internacional hacia una nueva multipolaridad. Surgen nuevos nación-estados (el último siendo Kosovo en 2008) mientras que en otros la plasmación histórica pierde legitimidad. A veces esta pérdida es la consecuencia del origen construido y negociado entre diferentes élites étnicas, religiosas, o económicas de un estado-nación. En otros, la competencia para recursos entre regiones alimenta divisiones identitarias y políticas. El Reino Unido por ejemplo es ahora más bien reino desunido. Bélgica amenaza continuadamente en dividirse, por no hablar de los Balcanes o parte de Europa oriental. O sea que la problemática de España como estado o estado-nación no tiene nada de particular, tanto como la historia de España ha dejado de verse hace tiempo como un proceso excepcional.

 

Las reformulaciones de lo que es España apuntan hacia muy distintas configuraciones de la relación entre nación y Estado. Desmarcándose de la fórmula tradicional de nación de regiones, se sostiene hoy que España es una nación de naciones, o una nación de naciones y regiones, o un Estado-nación post-tradicional, o un Estado post-nacional. Para los nacionalismos subestatales, España es un Estado de naciones y regiones. Las definiciones de España, y como consecuencia de la identidad nacional, van desde la españolidad centralizada hasta las formulaciones negativas contrahegemónicas, en las que la españolidad es considerada como lo Otro (Jordan y Morgan Tamasunas, 2000). No es una cuestión puramente semántica o histórica ya que involucra el modelo territorial adoptado en la Constitución de 1978 y afecta la cohesión fundamental de su modelo de ciudadanía.

 

Sin embargo puede argumentarse que esta supuesta problemática de identidad y de arquitectura estatal es una problemática más bien de las elites políticas y sus medios e intelectuales afines, tanto a nivel estatal como a nivel subestatal. Para la gran mayoría de ciudadanos, nación e identidad no parecen ser problemas. Según los sondeos, se consideran españoles en un grado u otro, incluido la mayoría de vascos y catalanes (ICPS 2008: 34-5; Euskobarómetro, noviembre 2007: Gráfico 16; CIS 2003). O sea que se sienten cómodos en sus identidades duales o múltiples o incluso, diría yo, culturalmente enriquecidos. Entonces, ¿qué motivos hay para pensar que nación e identidad son problemas, más allá de la competencia electoral y regional?

 

La respuesta depende de lo que entendemos por nación. En la literatura sobre nación ha habido planteamientos muy distintos. Por un lado está el concepto organicista de nación según el cual existe independientemente de los ciudadanos como si fuera sujeto colectivo autónomo. Esta visión tradicional de nación lo formuló también Ortega y Gasset cuando escribió que ‘La Nación…es algo previo a toda voluntad constituyente de sus miembros. Está ahí antes e independientemente de nosotros, sus individuos…Es algo en que nacemos, no es algo que fundamos…’ (1985: 62-3, 77). Por otro lado existe una gama de cuadros explicativos sobre el concepto de nación que van desde el primordialismo, en él que parentesco, lengua, religión y territorio son los atributos inmemoriales de nación, hasta el posmodernismo, según el cual naciones e identidades nacionales se fragmentan y pierden legitimidad cada vez más en el proceso de globalización (Smith, 1998). Pero la perspectiva que tiene más arraigo, al menos entre historiadores, es la modernista, según la cual la nación es un artefacto político contemporáneo y no una mera acumulación de mitos, símbolos y memorias colectivas (aunque éstos tienen un peso más o menos grande en la construcción de la nación). En otras palabras, la nación contemporánea es una reivindicación política  y no un hecho incontestable, ni siquiera una categoría analítica (Brubaker 2002: 116). Es el producto sobre todo del proceso de modernización, en el cual el estado y las elites políticas van elaborando una identidad nacional colectiva utilizando fragmentos de mitos y memorias sociales de forma selectiva (Hobsbawm 1990; Gellner 1983, Anderson 1983).

 

Dentro de este cuadro explicativo, el caso español no difiere fundamentalmente del resto de lo que podríamos llamar la semi-periferia de la Europa Occidental. La modernización socio-económica se acelera a partir de la segunda mitad del siglo 19 en un proceso relativamente lento y geográficamente concentrado, lo que generó tensiones y asimetrías que impulsaron nacionalismos subestatales (Linz 1973; Fusi y Palafox 1997; para el caso de la Europa central y oriental véase Berend 2003). Pero el proceso español sí que tiene algunas singularidades. Por un lado dos modelos de nacionalismo muy distintos nacen: el nacionalismo vasco como reacción contra la modernización y nacionalismo catalán como aserción a favor de la modernidad frente a la debilidad modernizadora del estado español. Por otro lado, al final del siglo 19 no se había producido la asimilación o integración de las diferentes memorias sociales, lenguas, culturas, etnicidades en una identidad o discurso nacionalista hegemónico, como ocurrió por ejemplo en Francia (aunque los historiadores difieren en cuanto al grado de modernización política y de nacionalización de masas en España) (Riquer y Ucelay da Cal 1994; Archilés 2002). Por decirlo de una forma, hubo une empate en la concurrencia de identidades entre español, catalán, vasco y gallego.

 

El intento de imponer un discurso nacionalista unilateral y autoritario por parte de la dictadura de Primo de Rivera y de Franco emponzoñó el nacionalismo español de entrada en la nueva democracia de 1977 e intensificó el sentido de pluralidad nacional e  identitaria. La nueva derecha democrática no se sometió inicialmente a una revisión de sus algunos de sus valores fundamentales, de modo que el desarrollo interno de cualquier nacionalismo español liberal e inclusivo se postergó hasta los años noventa. En esta década el Partido Popular empezó a elaborar un nuevo paradigma nacionalista en el que la devolución y la diversidad eran vistas como factores de modernidad y progreso (Balfour 2007). No en vano, este proceso coincidía con necesidades estratégicas en base a cálculos electorales pero señaló el abandono al menos programático del viejo modelo de centralismo españolista que había caracterizado la derecha histórica.

 

En vista del legado histórico que he mencionado arriba, la problemática de nación e identidad deriva sobre todo del desarrollo del modelo territorial establecido en la Constitución de 1978, acordado fundamentalmente entre UCD y PSOE. Los socialistas habían ya abandonado su política de reconocimiento del derecho de autodeterminación de todas las nacionalidades ibéricas que habían mantenido en los últimos años del franquismo (Bustelo 1976: 50; PSOE 1977: 119-120). La nueva Constitución reconoce formalmente el hecho diferencial entre comunidades con ‘derechos históricos’ y las otras comunidades pero no sanciona el derecho a establecerse como estados. En cambio, para sectores de la izquierda y para los nacionalistas regionales, las ‘comunidades  históricas’ son naciones sin estado, con derechos implícitos hacia la plena autogobernación o más allá, la autodeterminación.  El Título V111 de la Constitución, elaborado luego en los pactos políticos de 1981 y 1992, establece el principio de paridad de estructura, financiación y competencias (aparte del régimen foral y el reconocimiento formal del hecho diferencial), lo que diluye el ‘excepcionalismo’ de las comunidades históricas.

 

Además, el modelo territorial de la Constitución ha dado lugar en su articulación a una contradicción entre autonomía y estado, basada en una dinámica de un cuasi federalismo competitivo, acompañado por el agravio comparativo. No se trata sólo de recursos y competencias sino de cuestiones socioeconómicas, culturales e identitarias,  por ejemplo la legitimidad histórica o la propiedad del agua de los ríos. El proceso ha forjado nuevos regionalismos políticos por un lado y cuasi nacionalismos regionales por otro. La línea divisoria entre región y nación subestatal se ha diluido progresivamente. La construcción regional se ha convertido en algunos casos en construcción de identidades subnacionales complementarias a la española (Nuñez Seixas 2005).

 

El origen de este resurgir de regionalismo puede ser en parte la ‘glocalización’, o sea la búsqueda de identidades o patrias cada vez más cercanas como reacción a la globalización. Pero en España obedece también a una dinámica institucional generada por la devolución. Las instituciones autonómicas no son simplemente correas de transmisión para las normas y papeles construidos a nivel nacional según el principio de la subsidariedad.  La devolución da lugar a una acumulación de recursos y palancas de control sobre estos recursos por parte de las élites regionales; también a la construcción y diseminación de significados, identidades, mitos, símbolos, y narrativas históricas, compitiendo a menudo con los de otras autonomías y consolidándose a través de los cuadros administrativos, agencias públicas, redes clientelares, enseñananza e intelectuales orgánicos.

 

O sea que las nuevas instituciones crean su propia dinámica, elaborando dependencias mutuas a través de redes sociales, económicas y culturales, lo que reduce sus márgenes de autonomía en política y gestión (según el cuadro explicativo de la escuela neo-institucionalista, por ejemplo March y Olsen: 1989). A nivel federal esto se traduce en la competencia por fondos y poderes o sea la búsqueda de la maximización de poderes y recursos, con el estado como fuente de recursos y las otras regiones como rivales y no socios en la gobernación del estado (a pesar del principio constitucional de solidaridad y cohesión). El resultado es mayores tensiones entre centro y periferia, entre comunidad y comunidad; desemboca también en el progresivo desahucio del estado que ve cada vez más reducido el espacio de decisión, y se ve obligado a buscar nuevos métodos de coordinación y cooperación (Romero 2008).

 

Otra consecuencia del modelo territorial es un déficit democrático en la medida en que la redistribución de competencias y recursos no conlleva una redistribución federal de poder. Las autonomías no juegan un papel formal en la toma de decisiones a nivel estatal. La ausencia de una verdadera cámara federal parece haberha dado lugar a una disasociación entre autonomías y estado, y una ausencia de co-responsabilidad a nivel estatal. Los mecanismos creados a partir de la LOFCA de 1980 no son mecanismos de toma de decisiones sino meramente de consulta y coordinación.  Las autonomías son constitucionalmente representativas del estado a nivel regional pero no tienen incentivos para representar el estado.

En resumen, el funcionamiento del modelo territorial consta de déficits y asimetrías, el resultado de decisiones pragmáticas tomadas al inicio del proceso de consolidación democrática por razones políticas cuyo motivo fue cálculos de equilibrios de poder. Evidentemente estos equilibrios han cambiado de forma radical, y los nuevos estatutos son prueba de ello. Pero la arquitectura básica del estado no se ha transformado. Una de las consecuencias es que en la casa española vive lo que puede llamarse un inquieto ménage à trois - estado, comunidades históricas, regiones - que compiten continuadamente entre sí. ¿Cómo albergarlo? Las soluciones propuestas van desde el soberanismo hasta una mayor descentralización simétrica o federalismo.[1] En cuanto al soberanismo el problema principal es que ni la Constitución española ni el derecho internacional reconocen o regulan procesos legales de autodeterminación (Sánchez-Cuenca  2008). A nivel internacional hay precedentes de proyectos de autodeterminación semejantes al Plan Ibarretxe como en  Québec y Escocia. Pero la secesión unilateral es anticonstitucional en los dos casos en el sentido de que necesita el acuerdo previo de las cámaras canadienses y británicos. Es el caso español en la medida en que tiene que realizarse primero un cambio radical de la Constitución, aprobado por las dos Cámaras, por el Tribunal Constitucional y por un referéndum nacional antes de cualquier referéndum que pueda tener efectos vinculantes. Con el balance de poder político actual, estos pasos son inconcebibles a corto término. De todas formas por el momento no hay suficiente apoyo ni entre los mismos vascos para el proyecto soberanista. Según el Euskobarómetro de noviembre de 2007, sólo el 27% apoyaría la independencia o soberanía mientras que el 30% favorece el federalismo. De modo que a corto plazo no se percibe ninguna solución ni cambio institucional.

Es posible que se produzca en el futuro una vez mayor diferenciación entre Cataluña y el País Vasco y el Estado como resultado de la autoafirmación identitaria, cultural, y política de sus instituciones; o en otras palabras, los catalanes, los vascos y los gallegos tal vez se sientan progresivamente menos españoles. Pero a este proceso hay una contradinámica caracterizada por la movilidad social, la inmigración, y el consumismo universal. Ésta dificulta cualquier tentativa de encajar rasgos etnolinguísticos y una narrativa histórica primordial o perenialista como significadores de identidad, lo que caracteriza sobre todo el discurso tradicional del nacionalismo vasco desde Larramendi hasta Arana, cuya influencia persiste hasta cierto punto en nuestros días. Al nivel europeo al menos, crece el fenómeno en gran parte desapercibido de lo que Fusi ha llamado el no nacionalismo (2003). En este caso, la cohesión social dentro y más allá de las regiones se vería favorecida por valores cívicos posnacionales, o sea la asimilación de reglas y derechos democráticos como factores principales de integración.  Es un fenómeno cada vez más extendido en Europa occidental, en lo que se ha denominado un segundo ciclo de secularización, de nacionalismo a ciudadanía (Jorba 2004). Es concebible entonces que ciudadanías compartidas puedan en el futuro reemplazar soberanías compartidas como eje de la relación entre estados y regiones.

 

Bibliografía

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[1] Véase Balfour y Quiroga (2007) pp. 356-9, para un tratamiento de este último tema  

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